1. Letras de la Nueva España en la obra de Reyes
"La era crítica (XVIII-XIX)" es el último ensayo de los ocho que componen la obra de Alfonso Reyes, Letras de la Nueva España. Con este texto, Reyes da fin al recorrido de letrados y su cultura en el México colonial y, al mismo tiempo, revisa el inicio del quehacer de la tradición que comienza a historiar México y la literatura mexicana, de la que esta obra forma parte. Así, con este ensayo, Reyes hace una propuesta que, en su momento, busca dar respaldo a la memoria y a la identidad del pueblo mexicano.
Las historias de México y de las letras mexicanas comienzan a desarrollarse deliberadamente por parte de sus autores como géneros discursivos nacientes hacia la segunda mitad del XVIII novohispano y durante el XIX mexicano. Reyes revisa en este ensayo autores y obras de los también nacientes discursos científico y periodístico, así como de la literatura y la producción de homilías de aquella época. El modo de pensamiento que se refleja en su enunciación y el ambiente cultural que describe y narra es el de una visión integradora y universalizante, propia de las historias de su momento, cuyo cometido, decíamos, es instaurar una tradición y una memoria en pos de la construcción de una identidad. En cuanto al periodo inicial de estas historias, José Luis Martínez considera que, si bien el ejercicio de cronistas e historiadores está presente para hablar del desarrollo literario prehispánico o colonial durante los tres siglos novohispanos desde Cortés y Sahagún hasta Acosta y Clavijero, "sólo en los últimos años de la dominación española comenzaron a aparecer en las Gacetas de Literatura, de Alzate, en el Diario de México algunos juicios críticos y se emprendieron investigaciones de historiografía de la cultura importantes para la exclusivamente literaria" (Martínez 38).
Por su parte, además de diagnosticar el estatus literario, la visión de Reyes se diversifica en Letras de la Nueva España hacia la producción letrada, en general, e identifica ese comienzo preocupado y consciente por parte de los humanistas novohispanos por dejar registro del que consideraban ya como su legado. Por ejemplo, dice Reyes:
los primeros intentos de sistematización del corpus y de revisión historiográfica de las letras novohispanas se remontan al siglo XVIII. Corresponde el título de pionero a Juan José Eguiara y Eguren, que publica en 1755 el primer tomo de su Bibliotheca Mexicana. En esta magna obra, escrita enteramente en latín, Eguiara consignó cuanta información bibliográfica logró reunir acerca de los autores que habían escrito y publicado en México. (Locke, Castaño y Gutiérrez Reyna XXIX).
Tenemos, particularmente en el ensayo "La era crítica (XVIII y XIX)", una perspectiva de la historia letrada desde la misma historia letrada como ejercicio de crítica literaria alfonsina. Revisaremos aquí, desde una mirada poscolonial y con herramientas de análisis del discurso, la manera en la que la voz enunciativa de Reyes se posiciona para hablar de esta conformación de la tradición cultural y letrada hacia el final del virreinato, que no es más que el antecedente de su propio ejercicio valorativo en Letras de la Nueva España. Este análisis se apoyará en presupuestos conceptuales del propio Reyes sobre sus nociones de cultura y síntesis cultural en relación con su contexto histórico-cultural, en los años alrededor de LNE1, y lo observaremos con algunas de las consideraciones ensayadas sobre el intelectual de La ciudad letrada (1993) de Ángel Rama.
Hablar de la configuración de las letras novohispanas es complicado, pues se trata de un corpus que no es puramente literario, sino diverso e híbrido, como lo apunta la propia nomenclatura de Reyes en su ejercicio historiográfico. En este sentido, José Pascual Buxó reflexiona lo siguiente:
¿Pero cuál era la razón de que el título de este libro no fuese precisamente Literatura de la Nueva España, sino, Letras de la Nueva España? Fue que don Alfonso, consecuente con su detallado Deslinde literario dio a esta obra suya el carácter de una reseña histórica de la cultura letrada novohispana, que excediendo lo específicamente literario (v. gr. el teatro, la poesía y la prosa de ficción) pasó a ocuparse de aquellas manifestaciones discursivas que fueron parte integrante de las más variadas actividades de una sociedad culta y organizada. ("Defensa e ilustración de la teoría literaria" 20).
Estas consideraciones ponen de relieve dos aspectos. El primero de ellos tiene que ver con la intención de Reyes al valorar la producción letrada novohispana en la necesidad de abrir la discusión (lo que ya se ha hecho) sobre la naturaleza de este corpus, así como las implicaciones que esto tiene a la hora de su estudio. El segundo aspecto lo relacionamos con un ensayo del mismo Buxó, "Unidad y sentido de la literatura novohispana". Allí, el autor reflexiona sobre los prejuicios de la crítica positivista en torno a una posición esencialista acerca de un corpus novohispano estrictamente literario, más bien escaso y afectado por las restricciones de la autoridad religiosa colonial, y la necesidad e importancia de abrirlo a otras letras desde, diría Reyes, la noción de literatura ancilar, la cual ayuda a considerar las dificultades teórico-metodológicas que hay que afrontar para su estudio. En el caso del primer aspecto que señalamos (la intención de Reyes), y como menciona Buxó, el autor hace una reseña histórica de la cultura letrada novohispana o, diría el propio Reyes, una síntesis cultural de las letras, puesto que no se trata de un manual de registro enciclopédico de largo aliento. En esta idea de síntesis en LNE, se advierte el influjo de Las corrientes literarias en la América Hispánica de Pedro Henríquez Ureña, considerado por Reyes como su maestro, además de su compañerismo intelectual en el Ateneo de la Juventud. Es importante la referencia del influjo de este estudio porque, si bien nació de una serie de conferencias de divulgación, que el autor dictó en inglés y para un público estadounidense no familiarizado con estos temas y para el Fogg Museum of Art por petición de la Universidad de Harvard, ya al pasar a su transcripción (igualmente en inglés por parte del autor), Enríquez Ureña menciona en su prólogo que añadió aspectos de las artes en general como complementarios del objeto central: la búsqueda de la expresión literaria de la "América hispánica" a través de las menciones de los que consideró los autores y las obras más representativos de esta literatura (1954). En este sentido, la obra Corrientes tuvo como intención autoral presentar ante países que no pertenecen a la América Hispánica, como la llama Enríquez Ureña, una síntesis de su expresión literaria. Y observamos que la intención de Reyes es similar a la de su maestro en tanto que se trata de obras de carácter divulgativo y sintético para reflejar una identidad literaria, en el caso de LNE en relación con el discurso nacionalista que se buscaba instituir ya en el siglo XX mexicano. Por ello y en su caso, se trata de una obra dirigida al público mexicano, y de habla hispana en general; de allí que la escritura de LNE haya sido en español.
Así, la obra de Reyes se divide en varios ensayos igualmente sintéticos que recorren la historia de estas letras por tendencias, géneros, autores, obras y narración de hechos histórico-culturales. Ello se refleja en sus títulos "Introducción: poesía indígena", "I. La hispanización", "II. La crónica", "III. El teatro misionario", "IV. El teatro criollo en el siglo XVI", "V. Primavera colonial (XVI-XVII)", "VI. Virreinato de filigrana (XVII-XVIII)" y "VII. La era crítica (XVIII-XIX)". Además, estos títulos sin duda registran el desarrollo de las letras novohispanas, no a partir de una división de los tres siglos que duró el periodo virreinal, pues seguramente Reyes habrá observado que este desarrollo respondió, más bien, de manera natural a procesos y dinámicas culturales, sociales y políticos genuinos y circunstanciales (Locke, Castaño y Gutiérrez XXVIII).
De este modo, para indagar más sobre la intención de Reyes, podemos detenernos en esta forma y su manera de enunciarla, para lo cual nos apoyaremos en su noción de "síntesis cultural", que aparece en dos conferencias-ensayos: "Notas sobre la inteligencia americana" (1936) y "Posición de América" (1942). El contexto de estas conferencias es sincrónico a proyectos intelectuales y educativos para nuestra América, y según observamos ya en relación con Corrientes, de su maestro y colega del Ateneo de la Juventud, Pedro Henríquez Ureña, como Las corrientes literarias en la América Hispánica y los Seis ensayos en busca de nuestra expresión, y con quien Reyes forja su pensamiento-base como ateneísta, además de los influjos hispanistas que tanto lo marcaron durante su estancia en España. De ahí la cercanía de estos referentes al concebir LNE en su intención pedagógica y cultural de ir configurando la tradición de las letras y su reconocimiento como legado cultural identitario para México y Latinoamérica, posicionándolos como parte de la tradición humanista universal.
Asimismo, esta obra surge cuando Europa estaba en plena Segunda Guerra Mundial con sus fascismos, mientras que Latinoamérica reconocía que el momento era oportuno para reflexionar histórica y culturalmente sobre su papel en un mundo guiado por Occidente, y cuya utopía se resquebrajaba, a menos que "la inteligencia americana", como protagonista ahora activa de esa utopía, lo permitiera. En este sentido, en "Posición de América", Reyes habla de la cultura como "un ente fluido, en continua marcha y transformación" (257), que adquiere sentido en tanto se transmiten sus contenidos. "Tal transmisión se opera en el orden horizontal del espacio, por comunicación entre coetáneos, y en el orden vertical del tiempo, por tradición entre generaciones. Quiere decir que, aunque la naturaleza provoque la cultura, no la da hecha, sino que el hombre la saca de sí. Que la cultura se aprende y no se adquiere por herencia biológica. Pero, durante el aprendizaje, ella se transforma, a su vez, se ensancha, recoge nuevas especies y abandona otras. De modo que no hay cultura cabalmente integrada" (Reyes, "Posición de América" 257). La integración cultural de las sociedades americanas medita Reyes, se da de manera violenta y heterogénea tanto en el orden horizontal como en el vertical, y asevera que, a pesar de ello, "la laboriosa entraña de América va poco a poco mezclando esta sustancia heterogénea" ("Posición de América" 6). Durante esa compleja y problemática integración (nos referimos al proceso colonial) surge la consciencia de la necesidad del propio reconocimiento cultural de esa "herencia humana"; un medio para encarnar esa consciencia es la "síntesis", a través de la "creación de un acervo patrimonial donde nada se pierda", puesto que "hay comunidad de bases culturales, de religión y lengua" (265), dice Reyes en Notas sobre la inteligencia americana. Esto permite esta integración de síntesis cultural en la inteligencia americana son los efectos de la conformación colonial, pues, a partir de las independencias, sigue Reyes en Posición de América,
quedan en categoría de sociedades que no han creado la cultura, sino que la reciben hecha de todos los focos culturales del mundo. Por un explicable proceso, toda la herencia cultural del mundo pasa a ser un patrimonio suyo por igual derecho. ... Este universalismo viene entonces a ser el inesperado efecto benéfico de la formación colonial. ... El ciudadano de la antigua colonia tiene que ir a la vida internacional para completar [su imagen del mundo] y, además, está acostumbrado a buscar en el exterior las fuentes del saber. (264)
Así, ante el panorama adverso de violencias bélicas y regímenes fascistas, se abre un espacio humanista en Latinoamérica, del que Reyes forma parte y en esa coyuntura, menciona Beatriz Colombi (115), plantea sus nociones de cultura y síntesis cultural en Notas sobre la inteligencia americana como propuestas de pensamiento y obra, las cuales extenderá en Posición de América unos años después. Es la inteligencia americana la que hará ese ejercicio de síntesis a través, dice Reyes, "del trabajo intelectual como servicio público y como deber civilizador" ("Notas sobre la inteligencia americana" 8-9) muy en la entraña de su herencia ateneísta. Para Reyes, estamos ante el resultado de lo que su coetáneo Fernando Ortiz propuso con el término "transculturación", a partir de las circunstancias que se generan en "los pueblos definitivamente conquistados", pues, sigue Reyes, "aún ellos suelen determinar los rumbos de la cultura y venciendo a sus vencedores, operándose así esa ósmosis" que implica la "transculturación" ("Posición de América" 256). Con estas cavilaciones, y otras más presentes en el pensamiento alfonsino, "el propósito último de Reyes es el de configurar o bosquejar la identidad cultural del continente americano" (Corral 112). Uno de los cauces para este cometido lo dispuso en Letras de la Nueva España a propósito del recogimiento de la tradición cultural y letrada del pasado mexicano, situado en su historicidad como mexicano y también a la luz de Latinoamérica y el mundo.
Observaremos a continuación algunos ejemplos de cómo se presenta esta idea alfonsina de síntesis cultural en "VII. La era crítica (XVIII-XIX)" a partir de los elementos textuales que configuran su posicionamiento frente a la literatura nacional; particularmente nos enfocaremos en los elementos deícticos, entendidos como el punto de referencia del habla, como una mostración que "señala o indica el quién, el dónde y el cuándo" (Lamíquiz 84). Esto nos permitirá indagar sobre la intención de Reyes en su concepción de historia literaria en LNE, la cual, según Díaz Arciniega, "gira en torno de categorías universales en las que se privilegia las síntesis interpretativas sobre las acumulaciones informativas, y las que son analizadas como componentes de un proceso que ocurre en el tiempo y no como hechos o acontecimientos fijos en un pasado" (354-355).
Si bien analizaremos este posicionamiento del autor a través de ciertas estructuras lingüísticas, no nos limitaremos a la lingüística textual, es decir, como un análisis del texto a nivel supra oracional. Más bien, procederemos a analizar el ensayo en su dimensión discursiva. Para ello, partimos de la perspectiva de Van Dijk de que el discurso puede definirse como un suceso de comunicación en el que las personas hacen uso del lenguaje de una determinada forma, con un objetivo o meta específicos y en un espacio y tiempo determinados. De esta forma, establece que el discurso se compone de las dimensiones de 1) la utilización del lenguaje, 2) con el fin de comunicar ideas o creencias específicas y 3) en distintas interacciones de índole social (22). En este sentido, como mencionan Calsamiglia y Tusón, "hablar de discurso es, ante todo, hablar de una práctica social que se articula a partir del uso lingüístico contextualizado, ya sea oral o escrito" (9). En el análisis nos enfocaremos especialmente en la enunciación, que puede definirse como "el acto individual de utilización de la lengua" (Reyes, La pragmática lingüística 134). En otras palabras, la enunciación es el acto por el cual el hablante "moviliza la lengua por su cuenta" y convierte a la lengua en discurso (Mantegneau 116).
2. La noción alfonsina de "Cultura" en la "Ciudad Letrada"
Para comprender el uso lingüístico contextualizado y la enunciación del ensayo de Reyes, es necesario tener presente su intención comunicativa: ofrecer un panorama de las letras mexicanas en el siglo XVIII y los primeros años del siglo XIX que configurara la parte final de su proyecto de "síntesis cultural". De ahí, a pesar de que, a primera vista, es un texto historiográfico que nos presenta datos de autores y obras, su intención comunicativa va más allá y consiste en valorar y revalorar las letras de esta época, resaltando la identidad mexicana como aquello que empieza a gestarse en el periodo colonial, en esa nueva amalgama cultural que está en el intento de su conformación tras las contradicciones del proceso de conquista y colonización. A Reyes le interesa mostrar, en este sentido, que son los letrados, como decíamos, quienes comienzan con esta empresa y, por supuesto, él no es la excepción. En este sentido, Eugenia Houvenaghel ha reflexionado sobre la visión histórica de América que Reyes plasma en sus escritos como una visión "protohispanista", que se extiende hacia otra mirada más general, digamos, protoeuropeista. Consideramos que esta visión está presente en LNE. Obsérvese cómo plantea el proceso de síntesis cultural en "VII. La era crítica", aquella propia del siglo XVIII:
Si en el siglo XVII dominaron los intereses poéticos de la cultura, en el XVIII domina el interés social. Los trabajadores del espíritu, varones de laboriosidad increíble, asumen un aire de escritores profesionales y se consagran, por una parte, a poner en orden la tradición; por otra, a edificar una nueva consciencia pública, recogiendo las novedades del pensamiento europeo y dando expresión, a la vez, al sentimiento de un pueblo que se sabe ya distinto de la antigua metrópoli, que ha comenzado a llamarse patria. (LNE 375)
Aquí se expresa la idea de síntesis cultural a partir de las letras en el ocaso colonial, noción que, propone Reyes, comienza a desarrollarse en la conciencia de los intelectuales novohispanos o mexicanos. Se trata de dar cuenta del origen de un proyecto al que el propio Reyes se suma con sus ensayos y que, en particular en el ensayo en cuestión, tiene relevancia dejar claro este inicio, puesto que es el momento en el que se toma consciencia de esta tarea sintetizadora en la modernidad, y que aún no está consumada, además de seguir en crisis, para los tiempos en que Reyes es partícipe. Y desde esta mirada de la misión del letrado-intelectual se posiciona la enunciación en el ensayo. Así pues, Reyes expone que el arte poético del barroco novohispano se transforma hacia el siglo XVIII en una visión crítica para conformar una conciencia histórica, las cuales (visión crítica y consciencia histórica), según Reyes, se encuentran permeadas por una perspectiva neoclásica. Asimismo, el ensayista expone cómo la identidad novohispana, que será la mexicana, tiene sus orígenes, principalmente, en la cultura jesuita, en manos de "los trabajadores del espíritu", la cual habrá sido influida en su momento por las ideas de la Revolución Francesa. El ensayista muestra la paulatina y simbólica separación de las "tierras" novohispanas de España, propiciada por el naciente quehacer periodístico, la conciencia histórica y el rescate del pasado indígena y el mestizaje o síntesis cultural. Así, el ensayo de Reyes, al igual que los demás ensayos de Letras de la Nueva España, constituye una praxis social de apoyo a la identidad mexicana con base en ideales humanistas universales. Lo podemos observar en la siguiente cita:
Son rasgos de la época la adopción de una filosofía de lo inmanente (que no niega lo trascendente), la concepción del filósofo como ciudadano del mundo, la noción revolucionaria de que la autoridad se origina en la voluntad del pueblo, la condenación de la esclavitud negra o indígena, la reivindicación de la cultura prehispánica, el sentido de la nacionalidad mexicana, y por último, el auge de la cultura clásica; la cual vino a ser, si no la determinante, al menos la noble madrina de la futura independencia. (LNE 375)
La necesidad de valorar la identidad mexicana desde esta perspectiva universalizante ("protohispanista" y "protoeuropea") en el ensayo nos remite una vez más a la noción de uso lingüístico contextualizado. Como señala Halliday, la lengua "varía de acuerdo con el tipo de situación" (86), de manera que el contexto condiciona la producción lingüística. En el caso de Reyes, para expresar el valor de la identidad, emplea distintas estrategias retóricas y gramaticales. Así pues, para analizar el discurso del ensayo debemos partir de la siguiente interrogante: ¿en qué contexto histórico y cultural se escriben estos ensayos? Reyes se encontraba ya de regreso en México, y su lugar en la sociedad era el que él proclamaba en aquellas reuniones latinoamericanas, según ha estudiado Beatriz Colombi, llevadas a cabo en Buenos Aires hacia 1936, donde ocupaba un puesto diplomático y desde donde propuso sus Notas a la inteligencia americana. Reyes, observa igualmente Liliana Weinberg, era un impulsor de la cultura (atributo potenciado en sus años de ateneísta) y, a su regreso a México, se encargó de hacer redes de solidaridad intelectual para "impulsar un programa de conciliación hispano-americana de largo plazo que tuviera como centro la política de la cultura" (Weinberg 225). Asume, así, su lugar como intelectual comprometido con la cultura y la educación como vehículos pedagógicos en su sentido humanista, conformando, entre otras cosas, la Casa de España y el Fondo de Cultura Económica como focos de irradiación, intercambio y difusión cultural y letrada. Asimismo, se hace cargo con Las letras patrias, de un primer grupo de ensayos historiográficos de las letras novohispanas, en el marco del proyecto educativo de Jaime Torres Bodet México y la cultura entre 1941 y 1947. Y será hacia 1948 que lo retoma para configurar la obra Letras de la Nueva España para los lectores mexicanos (y también americanos) en el mismo sentido, pensamos, que Girardot lo piensa para los lectores latinoamericanos de las Corrientes de Henríquez Ureña: "la enumeración [de autores y obras], tanto en el texto como en el rico aparato de notas, supone, para ser entendida en su dimensión, que el lector latinoamericano conozca, en parte o en todo y aún de manera rudimentaria su propia literatura, de modo que la simple mención basta para que ese ideal lector latinoamericano coloque las obras, los autores y las corrientes en el contexto trazado por Henríquez Ureña" (Gutiérrez Girardot X).
Vemos, por otra parte, cómo "la inteligencia de Reyes remite tanto a la clase letrada (intelligentzia) como a la constitución del espacio letrado, a lo que Ángel Rama llama años más tarde La ciudad letrada' (Colombi 119), ese espacio de origen colonial, que configura su poder y sus jerarquías metropolitanas encima de una ciudad real, y que se configura en una ciudad imaginada, que es la de los letrados en sintonía con el poder político, aunque tomando cierta distancia, que disminuirá o aumentará según el periodo histórico. Legado este de la figura del intelectual como guía espiritual de su contexto, según lo describe Reyes en Notas: "la inteligencia americana está más avezada al aire de la calle; entre nosotros, no hay, no puede haber torres de marfil. Esta nueva disyuntiva de ventajas y desventajas admite también una síntesis, un equilibrio que se resuelve en una peculiar manera de entender el trabajo intelectual como servicio público y como deber civilizador" (Reyes, "Notas sobre la inteligencia americana" 8).
En este sentido, Ángel Rama observa sobre esta tendencia en los representantes de La ciudad letrada latinoamericana cómo es que, en su etapa de "ciudad revolucionada" (que es en la que podemos ubicar el pensamiento de Alfonso Reyes y de su maestro, Henríquez Ureña) según su nomenclatura, La ciudad letrada se constituye de dos intereses ideológicos que se encuentran y desencuentran en torno a dos rasgos esenciales que Henríquez Ureña identifica hacia 1924: educación popular y nacionalismo (Rama 103-105). La ciudad letrada revolucionada es la de las naciones latinoamericanas posrevolucionarias, cuyas revoluciones más importantes fueron la mexicana y la uruguaya; si bien, comenta Rama en sintonía con Abelardo Villegas, estas no hicieron una "ruptura violenta", y más bien tendieron a realizar "un cambio social profundo" (Rama 103). Una parte de la intelectualidad toma una postura más radical en cuanto a los rasgos de educación popular y nacionalismo. Si bien estos rasgos comenzaban a resonar desde el siglo XIX a través de
los ilustrados realistas de la modernización, ... lo importante de esta reiteración en el siglo XX es lo que tuvo de real encarnación, de participación verdadera por la comunidad ... La repentina boga de corridos mexicanos o tangos argentinos ilustra la idiosincrasia de estas culturas y la coyuntura nacionalista que las favorece mucho mejor que las tan citadas conferencias del Ateneo de la Juventud mexicana (1909) que inquieren sobre las transformaciones recientes del pensamiento occidental. (Rama 106)
Para Rama, el otro grupo intelectual es el de los ateneístas y su fuerte línea universitaria, lo cual explica la permanencia "de comportamientos de élite. ... Aunque debe reconocérseles su preocupación por la educación popular propia de la época, la que sin embargo fue bastante menor que la que demostraron por el desarrollo de una educación superior posuniversitaria" (120). Esta vocación universitaria se explica en que "el Ateneísmo tuvo como su referente cultural inmediato el proveniente del humanismo griego". Asimismo, Laura A. Moya comenta que
su imaginario social [el del Ateneísmo] tuvo otros dos componentes esenciales: la firme convicción sobre el papel de los intelectuales como agentes portadores de cultura y civilización, y finalmente una incorporación del problema de la identidad nacional, al acervo de sus preocupaciones vitales. El papel de los intelectuales radicaba entonces, siguiendo a José Enrique Rodó, en sacudir consciencias y alimentar vocaciones. El Ateneísmo no sólo participó de esta tarea, sino que quienes participaron de este conjunto de creencias y valores fueron innegables fundadores de instituciones de educación, cultura y arte. (10)
Ese papel de guías y vigías de la educación y la cultura en favor del humanismo clásico trascendía o iba en un sentido distinto de los valores ideológicos revolucionarios en torno a la educación popular y el nacionalismo. En este sentido, la actitud intelectual del ateneísmo -y su presencia como parte fundamental y permanente en el pensamiento de Alfonso Reyes-es consecuencia de "la esquiva democratización vivida en el país durante la modernización, [esto] había permitido conservar pujantemente algunos rasgos tradicionales, como eran la tendencia elitista, cultista y alejada de las formas populares y la constante tendencia áulica que los llevaba a integrar La ciudad letrada para operar desde ella su acción rectora" (Rama 212). Es desde esta posición que, pensamos, Alfonso Reyes, ya en plena madurez, plantea su propuesta de síntesis cultural en la conformación de la identidad y la inteligencia americanas, y también mexicanas a propósito del caso particular de su obra Letras de la Nueva España. Veamos cómo esta posición se refleja en la enunciación del ensayo.
3. La voz enunciativa
Benveniste desarrolla la denominada teoría de la enunciación, en la que analiza y describe el proceso de producción lingüística que desemboca en el enunciado. De acuerdo con el autor, el sistema lingüístico y la comunicación son inseparables, pues, para la comprensión del sentido del enunciado, no solo se integran elementos puramente lingüísticos, sino también no lingüísticos, como el contexto, la actitud del hablante, la comprensión del oyente, etc. En este tenor, Jakobson señala la necesidad de tener en cuenta las figuras del emisor y el receptor para entender el proceso de comunicación. La enunciación se expresa a partir de ciertas estrategias gramaticales, esto es, el sistema lingüístico posee una serie de elementos deícticos referidos a personas, a fin de que los hablantes se refieran a sí mismos y a su relación con los demás, los cuales se expresan a partir de las tres personas gramaticales (primera, segunda y tercera) mediante los mecanismos gramaticales de los pronombres, los demostrativos o las desinencias verbales de persona, en el caso de la lengua española.
Benveniste llama a la tercera persona gramatical la no persona, en el sentido de que no hay referencia a los actores de la enunciación. Lo anterior es una estrategia discursiva muy presente en el ensayo de Reyes, como se puede observar en el párrafo inicial del texto: "El siglo XVIII es época de intensa transformación para el orbe hispano. A partir del advenimiento de los Borbones, se perciben cambios profundos. Se liquida una j ornada. La era de creación artística entrega sus saldos a la clasificación, la crítica y la historia. En cierto modo, a los atenienses suceden los alejandrinos. La Nueva España ha alcanzado la mayoridad" (LNE 375). Como se puede observar, el emisor y el receptor se borran para dar relieve al contenido referencial. A partir de esta estrategia discursiva, Reyes objetiva el texto, es decir, presenta la información como un hecho objetivo que no es producto de una apreciación subjetiva del autor, con lo cual se asoma la intensión de adicionar las letras novohispanas al legado de la cultura universal de Occidente. Esta estrategia discursiva difiere más o menos con el resto de sus ensayos, donde aparece más claramente la primera persona, de ahí que estos presenten lo que Benveniste llama subjetividad en el lenguaje, que consiste en presentar a los actores de la enunciación mediante la primera o segunda persona. Los ensayos se caracterizan por tener una mirada crítica, que, si bien se respalda en el registro de fuentes y datos históricos, se encuentra permeada por un "yo" crítico que en repetidas ocasiones convoca la ironía.
A lo largo del ensayo que analizamos aquí, Reyes emplea solo una vez la primera persona del singular para hacer notar una apreciación subjetiva que refiere a su propio proceso de indagación para el marco de este ensayo. Se trata del párrafo que aborda el carácter precursor del "Baedeker" en Boturini, lo cual es resultado de la lectura de la clasificación propuesta por Don Julio le Riverend: "Don Julio le Riverend propone una clasificación orientadora: divide a estos historiadores en neoclásicos -en general, los jesuitas: Clavigero, Cavo- y barrocos -Veytia, Boturini-; y me hace notar, en Boturini, cierto carácter de precursor del 'Baedeker, así como su intento de aplicar a México el esquema de Vico (edades de los dioses, de los héroes y de los hombres)" (LNE 383, énfasis nuestro).
Si bien Reyes se enuncia explícitamente como autor en el fragmento anterior, a lo largo del texto encontramos diferentes momentos en los cuales toma un posicionamiento como autor que forma parte de una colectividad, pues emplea la primera persona del plural. Se trata de lo que tradicionalmente se ha llamado plural de modestia, que integra al "yo" en una colectividad (Calsamiglia y Tusón 140). Por ejemplo, al principio del ensayo, Reyes sostiene que en el siglo XVIII hay rompimiento de la tradición y comienza a gestarse la noción de patria. Reyes señala que las figuras representativas de esa etapa tienen múltiples facetas y, advierte, es imposible dar cuenta cabalmente de estas: "Los hombres representativos de esta crisis suelen ser a un tiempo teólogos, filósofos, historiadores, anticuarios, cultores de diversas ciencias, humanistas, literatos y periodistas; condición enciclopédica que debe tenerse muy presente, ya que no podemos presentarlos aquí en todas sus facetas" (LNE 375, énfasis nuestro). Al emplear no podemos, el autor hace alusión a la imposibilidad de explorar exhaustivamente la condición enciclopédica de los hombres del siglo XVIII. En este caso, el autor incorpora al lector en la responsabilidad del enunciado, como una manera de atenuar un vacío que el propio Reyes detecta en su ensayo.
En otros casos, el uso de la primera persona del plural es una clara estrategia discursiva para integrar al lector en una noción de colectividad, específicamente a la mexicanidad. Por ejemplo, al exponer las características de la obra de Landívar, no solamente la exalta, sino que también nos da a entender que forma parte del patrimonio artístico mexicano. Esto se logra a partir del empleo de los demostrativos nuestra y nuestro que aparecen en el siguiente fragmento: "Landívar, con su poema latino Rusticatio Mexicano, es el Virgilio de nuestra poesía y se sitúa en la línea de Balbuena y don Andrés Bello. No solo pinta nuestro campo y sus habitantes, sino también sus trabajos, ocios y esparcimientos..." (LNE 378, énfasis nuestro).
Asimismo, Reyes asume que el posible lector es parte de la colectividad de una nación cuyo legado se puede emparentar con el de uno de los máximos representantes de la cultura universal (occidental), Virgilio. De ahí que el parentesco pueda interpretarse como pertenencia. En otras partes del ensayo, Reyes también recurre a los posesivos para dar cuenta del patrimonio cultural y artístico de México en este mismo sentido, como cuando se refiere a "nuestros humanistas" (LNE 376), "nuestro primer traductor" (LNE 380), "nuestra primera bibliografía metódica" (LNE 382). Esta idea de patrimonio literario también se observa en el rescate de ciertos autores y lo que de ellos se conserva en el momento de enunciación en que Reyes escribió su ensayo, para lo cual también se emplea la primera persona plural, como en el caso del pronombre personal átono nos del siguiente fragmento: "[de] Agustín Castro ... solo nos queda la referencia de su empeño por reducir la antigua métrica cuantitativa a la moderna métrica silábica" (LNE 379, énfasis nuestro).
En otras ocasiones, Reyes emplea la primera persona en plural a manera de estrategia para enunciar la información en una suerte de perspectiva dialógica del conocimiento propio de Reyes con el conocimiento compartido con una comunidad intelectual, como se puede observar a continuación: "Podemos considerar el siglo como dividido en dos etapas, más o menos de sesenta y de cuarenta años. La pugna entre el pasado y la novedad invade los órdenes filosóficos y científicos. La crisis se aprecia, en su movimiento acelerado de una a otra etapa, ante todo en la obra de los pensadores; pero también podemos seguirla hasta cierto punto en los movimientos de opinión, según adelante se explica" (LNE 384, énfasis nuestro). El contenido del fragmento radica en la descripción de este proceso a partir de dos grandes etapas del siglo XVIII novohispano. Al emplear la expresión "podemos considerar el siglo", enuncia que es un saber compartido, que podemos inferir como el conocimiento compartido por la élite intelectual de la época. En suma, si bien Reyes mantiene un tono objetivo a lo largo de su ensayo, en ciertos momentos involucra a distintos receptores mediante el uso de la primera persona del plural, o bien se incluye como parte de una comunidad conformada por los mexicanos o los intelectuales, que no deja de ser parte de esa herencia universal.
Como observamos hasta aquí, la voz de Reyes por este recorrido de la cultura letrada novohispana en su última etapa, que el autor llama en este ensayo "La era crítica", se suma a esa mirada humanista dieciochesca de La ciudad letrada novohispana. Estos humanistas, al situarse ya con cierta distancia y conciencia histórica respecto del que asumían como su pasado cultural y letrado, reconocieron la necesidad de fijar y nombrar la historia de esa tradición con fines culturalmente identitarios hasta cierto punto, cuyo sustrato principal estaba en la tradición clásica del Occidente humanista; pero también consideraron el pasado prehispánico inmediatamente anterior a su llegada para apropiarse de un nuevo territorio cultural e irlo definiendo. La revisión de la voz enunciativa recoge estas voces de su pasado intelectual, se las apropia y se incorpora en ellas en la línea del tiempo, ya con una misión más nítida en correspondencia con esa ciudad letrada que Reyes seguía sosteniendo y construyendo como ateneísta, y en su última etapa intelectual, como parte del proyecto educativo y cultural del México posrevolucionario. Se trazaba, así, una mirada y una identidad cultural a partir de las letras que recaía en el pueblo de México desde la instrucción ideológica de sus intelectuales a manera de discurso, un discurso que en las dos últimas décadas se ha vuelto a poner en crisis.
Para concluir con nuestro análisis de la voz enunciativa de Reyes en "La era crítica" a la luz de LNE y en el marco de su noción de "síntesis cultural" en su contexto histórico con herramientas de análisis del discurso, estamos de acuerdo con Walter Mignolo cuando dice que "los cánones literarios son consecuencia de un sistema vocacional autoorganizativo con prácticas discursivas, cuyo resultado se ha proyectado desde el nivel regional, al que pertenecen, al nivel universal del campo de estudio" (270). Consideramos que Reyes contribuye con LNE, y su énfasis en los formadores de la cultura canónica de la modernidad, a la conformación del canon literario occidental. Reyes considera su cultura y sus letras como parte de la universalidad desde la que Occidente nombra su canon como "El canon". Entre su erudición, su plena identificación con los ideales griegos y con la cultura hispánica, a partir de su ejercicio conceptual de la "síntesis cultural", desde México enuncia una propuesta identitaria compleja de las letras entre la necesidad de contribuir al "canon" por parte de Latinoamérica y México en una emergencia humanista, y una sutil defensa crítica de lo íntegramente propio. Todo ello, a través una relación oximorónica entre la distinción de lo propio y su integración en el canon, en la que, pensamos, se impone esto último.